full
Miércoles 7 de Enero de 2026 / La restauración del que ha caído (1)
Simón Pedro, cuando oyó que era el Señor… se echó al mar.
La restauración del que ha caído (1)
Pedro estaba tan impaciente por encontrarse con su Señor resucitado que no quiso esperar a que el barco llegara a la orilla junto con sus compañeros. Se lanzó con valentía al mar, como si dijera: «Necesito ser el primero en llegar a mi Salvador resucitado; nadie necesita tanto de él como el pobre Pedro, pues he caído y fracasado miserablemente».
Ahora bien, había en él una conciencia perfectamente restaurada, una conciencia sin ninguna mancha, una conciencia que se baña en la luz del sol del amor inalterable. Y ¿no son estas las condiciones originales, las relaciones que todo cristiano tenía al principio? La confianza de Pedro en Cristo era sin nubes, y podemos afirmar que esto era agradable al corazón del Señor. Al amor le gusta que confíen en él, no lo olvidemos; nadie debe pensar que honra a Jesús manteniéndose alejado de Él bajo el pretexto de su indignidad. Si a alguien que tuvo una caída o que se ha alejado le parece difícil recuperar la confianza en el amor de Cristo, que tal pueda ver claramente que un pecador que se acerca a Jesús es bienvenido, sin importar cuántos y qué tan grandes hayan sido sus pecados. Ahora bien, no piense que el caso de un cristiano que ha caído o reincidido es diferente.
Que aquel que duda en volver a Jesús pondere, mediante la lectura de estas líneas, la importancia de volver de inmediato a Jesús. “¡Volveos, oh hijos reincidentes, y yo sanaré vuestras reincidencias!” (Jer. 3:22 vm). El amor del corazón del Señor no conoce variación. Nosotros cambiamos, pero él “es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos” (He. 13:8); le place que confíen en él. La confianza del corazón de Pedro fue algo precioso para el corazón de Cristo. Sin duda es triste caer, errar o apartarse; pero es todavía más triste –cuando esto se ha producido– que aquel que se ha alejado desconfíe del amor infinito de Jesús y de su deseo de recibirnos nuevamente en su pecho.
C. H. Mackintosh